Bajo la vieja morera se mecieron mis ensueños; en su acogedora sombra crecieron proyectos y sentimientos, cobijó mis neuras y mis perezas y me brindó su consuelo.
No era buena su sombra para, a su resguardo, tramar reproches e insidias guardados en recovecos, o ajuste de viejas cuentas, ocultas en recovecos. Buena, sí, para el buen y noble entendimiento.
Ahora te condena un capricho, ahora sierran tus maderas, que arderán en las cocinas, o en chimeneas en invierno.
Mejor que te hagan madera y te conviertan en sillas donde descanse un labriego, después del duro trabajo cuando proceda al yantar.
Te planté siendo un retoño, cuarenta años hace ya.
Descansa en paz, vieja y robusta morera, descansa en paz, compañera, víctima de un capricho, que no de necesidad.
